Lo gracioso de la vida es no saber donde vas a poner el pie en cada paso. Es una niebla de futuros escondidos que se despejan cuando estás demasiado encima para esquivarlos.
Llevo un par de semanas de pocos entrenos. En concreto, ésta, casi no he entrenado. Hoy cuando he llegado al trabajo y me han reunido a primera hora para que colaborase en un brownie, ha venido a mi cabeza: va a ser que hoy, tampoco. Y no pasa nada, porque la vida va y viene y no se detiene, qué se yo… como dice el señor Alejandro Sanz.
Queda una semana y unos días para el triatlón de Sitges. Marcado en el calendario en rojo pero sin estrés, con ganas de disfrutar. Ayer salí a correr, con la luna nueva a mi espalda, era lo único que alumbraba el camino. Esperaba escuchar algún que otro estruendo por que ganase el Barcelona pero no fue así. No ganó. A veces se gana, a veces se pierde. La noche siguió, solitaria, acompañándome, de Cerdanyola a Sant Cugat en un trote poético, apatado, y sólo roto por agónicos acelerones a ciegas a lo largo de una carretera que zigzagueaba alrededor del Sincrotrón.
Esa es la incertidumbre, ¿cómo estaremos el día “D”?…y me sonrío, porque no sé como me encontraré y eso lo convierte en un reto, en una puerta desconocida y me gusta. Sino, sería un entreno más.